El triunfo de huevo
La crítica considera a Sherwood Anderson como el padre literario de William Faulkner y Hemingway, y una de las piedras angulares de la literatura norteamericana del siglo XX. En esta caleidoscópica y vigorosa colección de relatos, Anderson traza, con audacia, modernidad y contundencia, un mosaico de una sociedad en transición desde el mundo rural a la industrialización y a la vida urbana.
Unas imprescindibles historias en las que gravitan unos personajes inolvidables, delicadamente dibujados, minuciosamente analizados, que basculan entre la contención emocional y la más desgarrada soledad; unas ficciones extraordinarias que nos describen, de manera brillante, los retos y desafíos a los que se enfrenta el ser humano contemporáneo.
Acaso Anderson sea el más directo heredero norteamericano de Chéjov: pinceladas sutiles y gritos mudos…
Carlos Fuentes
Autor
Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 1876) fue un escritor que influyó poderosamente en la denominada Generación perdida norteamericana. Tercero de siete hermanos de una familia humilde, los constantes cambios de residencia de sus padres le alejaron de estudios regulares –abandonó la escuela a los 14 años–, aunque su progenitor siempre le inculcó la pasión por la lectura. Siendo aún joven, se alistó en el Ejército e intervino en la guerra de Cuba.
Ejerció los más diversos oficios: Barrió, segó, pintó carteles, llevó un fusil al hombro, vendió chucherías, divagó, cuidó caballos, pero, ante todo, escribió magistralmente.
Además de Winesburg Ohio (1919), su obra más conocida, Anderson es autor de dos colecciones de cuentos, El triunfo del huevo (1921) y Caballos y hombres (1923), así como de dos poemarios, Cantos del centro de Estados Unidos (1918) y Un Nuevo Testamento (1927). Compuso, además, dos obras autobiográficas, La historia de un narrador (1924) y Tar: Una infancia en el Medio Oeste (1926).
Anderson describió así la tarea del escritor: «El narrador debe ocuparse de la vida, de la vida en su tiempo, de la vida como la siente, como la huele, como la saborea el hombre común…». La América literaria de Anderson (que es, asimismo, la suya) es la América de los perdedores.
En 1941, mientras viajaba en un vapor hacia Sudamérica, se tragó accidentalmente un palillo y contrajo peritonitis. Falleció en Colón, Panamá, el 8 de marzo de ese mismo año.
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