¡Hombres despertad! Un hermoso canto antimilitarista

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 ¡Hombres despertad! Un canto antimilitarista.

¡Otra vez la guerra, otra vez los sufrimientos inútiles para todos, provocados por nada! ¡Otra vez la mentira, otra vez el embrutecimiento, la bestialidad de los seres humanos! Corremos al abismo, no podemos detenernos y caemos en él.

Autor: Lev  Tolstói

ISBN: 978-84-17726-80-5

Páginas: 95

 

 

Categoría:

Un canto antimilitarista

¡Otra vez la guerra, otra vez los sufrimientos inútiles para todos, provocados por nada! ¡Otra vez la mentira, otra vez el embrutecimiento, la bestialidad de los seres humanos! Corremos al abismo, no podemos detenernos y caemos en él.

Cada hombre razonable que reflexiona respecto a la situación en que se encuentra hoy la humanidad, y respecto a aquella hacia la cual avanza inevitablemente, ha de ver que esta situación no tiene salida, que no se puede inventar ninguna institución, ningún establecimiento que nos salve de la pérdida hacia la cual nos precipitamos de un modo inevitable.
Las gentes ilustradas no pueden ignorar que los pretextos de las guerras son siempre tales, que no vale la pena de que por ellos se gaste una sola vida humana, ni siquiera una centésima parte de los medios gastados actualmente en la guerra. La lucha por la emancipación de los negros costó a los Estados Unidos mucho más de lo que hubiera podido costar la compra de todos los negros del Sur.
Pero ¿cómo hombres que se creen ilustrados pueden propagar la guerra, contribuir a su establecimiento, tomar parte en ella, y lo que es aún más terrible, sin exponerse a los peligros de la guerra, empujar y enviar al combate a muchos infelices hermanos engañados?
Lev Tolstói

Autor

Lev Nikoláievich Tolstói nació en septiembre de 1828 en una familia de la aristocracia rusa. Pronto abandona sus estudios de derecho y lenguas orientales y, acuciado por deudas de juego y por profundas incertidumbres vitales, se enrola en la recién declarada guerra de Crimea, donde, por un obligado reposo, comienza a escribir.
Cristiano libertario, anarcopacifista, vegetariano convencido, prolífico escritor de misivas –en el museo dedicado a su memoria se conservan más de diez mil cartas–, fue también uno de los grandes defensores del esperanto, lengua artificial concebida para una adecuada comunicación entre los hombres. Se le considera una de las cumbres de la literatura universal, tanto por la grandeza de sus novelas, como por el enfoque altruista y humano de todas sus creaciones.
Entre sus obras más notables destacan el extraordinario ensayo sobre el hecho artístico, ¿Qué es el arte? (Biblioteca ensayo, 21), Anna Kareninna, La muerte de Ivan Illich, El sitio de Sebastopol (Confabulaciones, 80), ¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Confabulaciones, 98), y la monumental Guerra y paz.
Al final de su vida repudió su obra literaria. Quiso dejar a los más desfavorecidos todas sus tierras y fortuna, anhelo que no se materializó debido a la oposición de su familia.  Falleció a causa de una neumonía en 1910. En su lecho de muerte, declaró:
Hay más gente en el mundo además de Lev Nikoláievich, ¡y ustedes solo piensan en él!

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Es menester decirlo para gloria de la humanidad. El siglo XIX tiende a entrar en una nueva vía: ha comprendido que también ha de haber leyes y tribunales para los pueblos y que los crímenes de nación a nación, aun cuando en mayor escala, no son menos odiosos que los cometidos de individuo a individuo.
Quetelet

Todos los hombres tienen el mismo origen, todos deben ser sometidos a la misma ley, y todos están destinados al mismo fin. He aquí por qué debéis tener una sola religión, un solo objeto en vuestros actos, por qué debéis combatir bajo una sola bandera. Los actos, las lágrimas y el martirio, son el lenguaje común de toda la humanidad y que todos comprenden.
Mazzini

No; e invoco a este fin el testimonio de las protestas de conciencia de todo hombre que haya visto correr, o hecho correr la sangre de sus conciudadanos; no hay ni una sola cabeza capaz de llevar encima un fardo tan pesado de tantos crímenes. No bastarían ni siquiera tantas cabezas como combatientes tomaran parte en la batalla. Para ser responsables de la ley de sangre que ejecutan, justo sería que, al menos, la hubiesen comprendido bien. Pero las instituciones mejores, no serán ellas mismas sino muy pasajeras; porque, lo digo nuevamente, los ejércitos y la guerra no tendrán más que un tiempo; pues a pesar de las palabras de un sofista, a quien combatí ya en otra ocasión, no es verdad que, ni siquiera contra el extranjero, la guerra sea divina; no es verdad que la tierra esté ávida de sangre. La guerra está maldita por Dios y por los mismos hombres que la hacen, los cuales sienten por ella un secreto horror, y la tierra no grita al cielo sino para pedirle el agua fresca de sus flores y el rocío puro de sus nubes.
Alfredo de Vigny

El hombre no está hecho para mandar, como no está hecho para obedecer. Con estas dos costumbres inversas, las razas se estropean inversamente. Aquí la estupidez, allí, la insolencia; en ningún sitio verdadera dignidad humana.
Considerant

Si mis soldados comenzasen a pensar, ninguno permanecería en las filas.
Federico II

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