El tiro por la culata

12,00 

 

Librepensador, ateo, feo, cicatero, soltero recalcitrante, aunque bígamo, adicto al opio, todo eso y mucho más fue Wilkie Collins, uno de los escritores más célebres de la Inglaterra victoriana

 

 
ISBN: 9788415458890
Nº Páginas: 128
Dimensiones: 13 x 21
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Descripción

Este volumen reúne las tres mejores historias de misterio de Wilkie Collins, uno de los creadores del género de la novela policíaca.

Maestro del relato corto, Wilkie Collins, en El tiro por la culata, nos introduce en una sugerente atmósfera, donde el suspense, aderezado con un refinado gusto por el detalle, el estudio minucioso de los personajes, la fina ironía y un acendrado y cáustico sentido del humor contribuyen a crear una compleja y sofisticada trama que entretiene, divierte y mantiene expectante al lector desde la primera a la última de sus líneas.

 

Autor

27 novelas, más de 60 relatos cortos, 14 obras de teatro y alrededor de 100 obras de no ficción nos ha legado wilkie Collins, nacido en Londres el 8 de enero de 1824.

Vivió su adolescencia en Italia, etapa que marcó su educación y su carácter. Cursó la carrera de Derecho, profesión que nunca ejercería, ya que orientó su vida a la literatura. Antonina o la caída de Roma (1850), marcó el inicio de su carrera de escritor. Fue en esa época cuando conoció a Charles Dickens, con quien le uniría una profunda amistad y con quien colaboró estrechamente a lo largo de su vida.

Wilkie Collins fue uno de los iniciadores del género de la novela policíaca. Maestro de la intriga, genio del suspense, sus tramas envuelven al lector en una atmósfera de miedo y fantasía, de patética zozobra, y le sorprenden por sus imprevisibles desenlaces.

Librepensador, ateo, feo, cicatero, soltero recalcitrante, aunque bígamo, adicto al opio, todo eso y mucho más fue Wilkie Collins, uno de los escritores más célebres de la Inglaterra victoriana. Falleció en 1889. A su austero funeral, cuyo coste, según su expreso deseo, no debía exceder de veinticinco libras, asistieron sus dos amantes con sus hijos respectivos. Su herencia se repartió por igual entre las dos familias. Sobre su tumba, en Kensal Green, se yergue una austera cruz de piedra.

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