Antología de la poesía catalana. Esta luz de Sinera (edición bilingüe)

Descripción

Estudio, traducción y selección de poemas: Carlos Clementson

acerca de la dignidad de la traducción:
la traducción creadora
Para el poeta Ángel Crespo la mejor lectura que se puede hacer de un texto literario es traducirlo, incorporarlo a nuestra lengua, incorporando, a la vez –si se trata de un texto poético– la mayor parte de todos sus valores de métrica, tono, ritmo, rima, aliteraciones, onomatopeyas y otros recursos poéticos. Para Crespo, debidamente matizada, la frase de George Steiner según la cual «entender es traducir» tiene mucho de verdadera.
Mas este tipo de traducción no se constituye en una obra ancilar o de segundo orden. La verdadera traducción artística –no la mera interpretación de un texto– es, por sí misma, todo un género literario. Para Crespo «el traductor, al recrear en su lengua los aspectos formales, semánticos y filológicos de la obra traducida, está haciendo, en realidad, una obra personal, y, en consecuencia, original». Y añade: «Siempre he mantenido que la traducción es un género literario independiente del de la obra traducida y que con la misma razón que se dice de un poeta que escribe, por ejemplo, dramas, que éstos son originales, también se debe decir de un poeta que traduce que hace obras originales, propias. Por eso hay buenas y malas traducciones, de la misma manera que hay buenas y malas odas (…)». De este modo, «si se toma la traducción en un sentido serio, filológico, de creación de una realidad literaria paralela a la obra que se traduce, el resultado óptimo será la incorporación de esa obra a la literatura de la lengua del traductor».1
Me parecen muy pertinentes y esclarecedoras tan tajantes afirmaciones de este maestro en tantas literaturas. Las deficientes traducciones, sobre todo poéticas, que hemos tenido que soportar estas últimas décadas, podrían llevar a más de uno a dudar de la certeza y propiedad de tales aseveraciones. Pero no olvidemos que una gran traducción puede casi fundar toda una literatura. Pensemos en la traducción de la Biblia por Lutero, que viene a dar carta de naturaleza a la naciente literatura alemana (¡y casi a la conciencia de la propia nación alemana!); no olvidemos la versión inglesa de la misma obra, que conocemos por la Biblia del rey Jaime, tan fundamental para el desarrollo de la posterior expresión poética en lengua inglesa.
Y, a la vez, cabría preguntarse: ¿A qué literatura pertenecen las egregias traducciones por fray Luis de León, del Cantar de los Cantares, del Libro de Job, del «Beatus ille» horaciano, o de las Églogas, de Virgilio, sino a la literatura castellana, al par que siguen formando parte de las literaturas hebreas y latina, respectivamente? Y lo mismo cabría apuntar de las traducciones por Francisco de Quevedo, de los epigramas de Marcial, de Anacreonte, o del profeta Jeremías, que «bajo su pluma se titulan, subrayando su nueva carta de naturaleza, el Anacreón cristiano o Las lágrimas de Jeremías castellano».
¿A qué literatura pertenece, pues, El Cortesano, de Baltasar de Castiglione, vertido en ejemplar y clásico castellano por el barcelonés Joan Boscà i Almogàver? ¿O las Anacreónticas y las Odas horacianas que en sabroso francés renacentista figuran en los dos preñados volúmenes de las Obras Completas de Pierre de Ronsard, editadas por la Biblioteca de La Pléiade? Y otro tanto cabría decir de las dos versiones de la Odisea en rigurosos y rítmicos hexámetros catalanes, llevadas a cabo por el maestro de traductores Carles Riba, o la excepcional de la Divina Comedia, traducida por Josep Maria de Sagarra, y que resultan ser dos de las obras mayores de la moderna literatura catalana.
En este sentido Ángel Crespo juega fuerte, y en contra del criterio de la mayoría, creo que, con toda justicia, no podía hacer menos quien con tanta justeza ha traducido y dedicado tantas horas de «trabajo gustoso» no sólo a Petrarca y a muy diversos autores sino a la Divina Comedia entera, entre otros grandes empeños, respetando y recreando imágenes, símbolos, metros, ritmos, rimas, aliteraciones y otros efectos musicales, expresivos y sintácticos.
Pero quiero traer otro caso concreto y ajeno a nosotros para confirmar la exactitud y justa valoración del concepto de traducción literaria de nuestro hoy recordado traductor y humanista. Cojamos el segundo y último volumen de la prestigiosa The Norton Anthology of English Literature. Pues bien, allí encontraremos, entre grandes poetas románticos y victorianos como Wordsworth, Byron, Shelley, Keats, Browning o Tennyson, y con no escasas páginas de amplio papel biblia –exactamente desde la 1216 a la 1228– las clásicas versiones al inglés llevadas a cabo por un oscuro hombre de letras victoriano cuyo nombre a la gran mayoría no les dirá gran cosa: Edward Fitzgerald (1809-1883), el excelso traductor a la lengua inglesa del centenar de Rubaiyatas del poeta persa Omar Khayyán, de cuya hermosa y canónica versión a la lengua y a la literatura de Shakespeare han bebido la mayoría de traductores posteriores de estos epigramas a las restantes lenguas europeas. O viniendo más a nuestros días, recordemos las versiones de Propercio por Ezra Pound al inglés, las de los clásicos grecolatinos al italiano realizadas por Salvatore Quasimodo, o esa deliciosa y tan «afrancesada» antología de toda la poesía griega, vertida a la lengua de Racine por Marguerite Yourcenar, y que lleva el tan helénico título de La couronne et la lyre.
O aproximándonos más a nuestras latitudes, la versión completa, en clásicos alejandrinos blancos, de La Farsalia, de Lucano, por el cordobés Mariano Roldán, o la de Os Lusiadas, de Camoens, por el hispalense Aquilino Duque. Todos ellos auténticos ejemplos de traducción creadora, así como la vívida y naturalísima versión por Enrique Badosa de las Odas de Horacio, por no citar sus ejemplares traducciones de los mejores poemas de Ausiàs Marc y de la lírica medieval catalana, de Salvador Espriu o del arduo, deslumbrante y hermético J. V. Foix.
Todos ellos creo que estarían de acuerdo con la opinión al respecto de Ángel Crespo en el citado ensayo: «Sé bien que en toda traducción hay algo, casi un misterio, que no se puede explicar –si es que puede explicarse de alguna manera– con las pocas palabras que me permiten estas anotaciones. Me refiero al hecho de que si un poeta incorpora al español, por ejemplo, el Beowulf, y lo hace con una fuerza poética paralela y semejante a la que tiene el original, habrá que considerar que ha creado –aunque su mérito se considere menor que el del desconocido autor del poema original– una nueva obra basada en el Beowulf porque, a la inversa, el Beowulf no será nunca exactamente esta obra».2
Para Joan Fuster, «el oficio del traductor –del buen traductor de poesía– consistirá en suplir, con nueva poesía, el desgaste del trasvase idiomático: nueva poesía, suya, que ha de ser, o ha de intentar ser, una equivalencia, en sentido pero también en sonido (el sonido deberá parecer un eco del sentido, aconsejaba Pope a los poetas –y el consejo vale también para los traductores)».
Pero, como observa Fuster, «la obra antigua y la obra traducida adoptan, ante el lector moderno o extranjero, una disposición de valores distinta de la que tenían en el momento o en el lugar originales. Le Corbusier nos recordaba, en un libro famoso, que «las catedrales fueron blancas» un día: tuvieron un aire reciente, juventud; la pátina que hoy las cubre es una ayuda de los siglos, una colaboración impensada; sólo nosotros las vemos doradas, con un halo y una esencia que no podía prever el arquitecto medieval.
«(…) Un lector catalán de hoy, al leer (la Odisea) a través de la versión de Riba, no verá ni la mitad de cosas que en ella veía un griego coetáneo del poema: pero también verá otras que los helénicos serían incapaces de concebir. Y eso se debe no solamente al hecho de que entre la obra y el lector se interponga otro poeta, otro gran poeta, Riba –y en cada traducción el correspondiente traductor–, sino también al hecho de que la obra es ya otra, en cierta manera. Tiene, en la traducción, una entidad diferente, aun a pesar de la fidelidad del traductor –o precisamente por la fidelidad del traductor–. Y si la obra cambia, por el tiempo o por la lengua, igualmente cambian los lectores: los sistemas de preferencia estética, la dirección de la sensibilidad, el substratum cultural, varían de una época a otra e incluso, aunque bastante menos, de un país a otro».3

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